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lunes, 19 de julio de 2010

Mar Báltico 2010










A mediados de junio de 2010 cruzamos el mar Báltico a bordo del Costa Atlántica, un barco de Costa Cruceros. Junto a mis niñas y mi mujer viajamos de Copenhague a San Petesburgo, haciendo escala en Estocolmo, Tallín y Warnemunde-Rostock. El mar Báltico es un mar interior, abierto al mar del Norte, de poca profundidad y de mareas de pequeña amplitud, rodeado de un rosario de capitales sumamente atractivas. El objetivo del viaje era principalmente turístico-cultural, con tiempo para las aves y el relajo del alma. Han sido muchos los momentos reseñables, pero seré breve para no aburrir demasiado.
El escritor Hans Christian Andersen andaba por las llamativas y coloreadas casas del puerto de Copenhague en busca de inspiración, y por allí también nos movimos nosotros en busca de retazos de historia, compartiendo espacio con eideres y cisnes. Sobre los tejados del muelle, reclamos estridentes de adultos y jóvenes de gaviota cana llamaron nuestra atención al montar una fiesta siempre que se daban la bienvenida. Nos despedimos de la capital danesa en la Fuente de Gefion, lugar donde descansa la diosa que recogió en una noche parte de Suecia para crear Dinamarca.
Estocolmo es una de las más bellas capitales del mundo, edificada sobre catorce hermosas islas. Ciudad embriagadora repleta de verdor y bellos edificios, donde es fácil escuchar al zarcero icterino en alguno de sus parques. En el fiordo vimos serretas medianas con pollitos y barnacla cariblanca criando en sus laderas. La isla de Gotland, en el trayecto a Estocolmo, ofreció momentos inolvidables cada vez que cientos de alcas y araos cruzaron veloces ante la proa del barco.
Tallín, capital de Estonia, pequeña, medieval, pintoresca y coqueta, quizás haya sido la más impactante. La catedral ortodoxa de Alexander Nevsky nos dejó sin respiración por su belleza inigualable, y una frondosa franja de jardines en su entorno, hogar de zorzales reales, le proporcionaban aún más encanto. En las afueras, en una praderita con arbustos dispersos, un carricero de Blyth nos dio la despedida, junto a un bonito macho de lavandera boyera de la variedad xanthophrys.
Dejamos esta brillante ciudad situada a ochenta kilómetros al sur de Helsinki y el barco puso rumbo a San Petesburgo, capital cultural rusa por excelencia, salpicada de majestuosas iglesias y surcada por el grandioso río Neva, parada y fonda de charranes árticos. Al salir de la ciudad y adentrarnos en el Golfo de Finlandia nos sonrió la fortuna y tuvimos la inmensa suerte de ver a un par de gaviotas de Siberia (o Heuglini) descansando en un pequeño embarcadero, rodeadas de decenas de elegantes porrones moñudos.
Y de alli a Warnemunde, antiguo pueblo de pescadores y hoy concurrido balneario costero del norte de Alemania. A los pies del faro, junto a la desembocadura del río Warnow, nos detuvimos a contemplar los cambios de humor del Mar Báltico y las divertidas persecuciones y correrías entre gaviones y gaviotas argénteas. Despedimos el mar del ámbar descansando en uno de los famosos sillones playeros de mimbre que adornan esta playa báltica.
Autor de fotos (catedral de Alexander Nevski, gavión siguiendo al barco y gaviota argéntea en Tallín).- Paco Chiclana

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